
Cuando un país educa a sus niñas, usualmente se reduce la tasa de mortalidad, disminuyen las tasas de fecundidad y mejoran las perspectivas en materi de salud y educación de la generación siguiente. La falta de equidad en el trato dado a las mujeres—por el Estado, en el mercado y por su comunidad y familia— las coloca en desventaja durante toda su vida y menoscaba las perspectivas de desarrollo de la sociedad que ellas integran. Las madres analfabetas o con poca educación están menos capacitadas para atender a sus hijos. El bajo nivel de instrucción y la obligación de realizar labores domésticas impiden que la mujer encuentre un empleo productivo o participe en el proceso decisorio público. Para incrementar la matrícula femenina, debe encontrarse una solución a los obstáculos sociales y económicos que impiden que los padres envíen a sus hijas a la escuela. En muchas familias pobres, el valor económico del trabajo que realizan las niñas en el hogar supera los beneficios percibidos de la educación. Uno de los primeros pasos en ese sentido es facilitar el acceso a las escuelas así como mejorar su calidad y reducir sus costos. A nivel mundial, el 55% de los países alcanzaron la primera meta para el año 2005. América Latina y Europa y Asia central pueden concentrarse ahora en la segunda meta, pero es preciso realizar grandes mejoras en África al sur del Sahara y Asia meridional, donde sólo el 20% y el 35% de los países, respectivamente, alcanzaron la meta fijada para 2005.
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